Según mi experiencia, la carrera de Traducción e Interpretación atrae a estudiantes con intereses y planes de lo más variados. De mis amigos y compañeros de la UGR, pocos tenían claro entonces que querían dedicarse a traducir o interpretar. Algunos la eligieron por aprovechar un idioma que estaban estudiando; otros porque se oía que era una carrera con salida; y otros, porque no sabían qué otra cosa estudiar.

Cada uno tiene su historia personal y hoy comparto la mía.

De lectura y de libros

«¿Ya sabe leer, con lo chica que es?», le preguntó ojiplática una mujer a mi madre tras oírme «leer» un cartel en la calle.

«¿Cómo va a saber leer? ¡Ni siquiera ha empezado el colegio! Se aprende las cosas de memoria», respondió mi madre.

Por aquella época se empezaba el colegio a los cuatro años y yo aún no había cumplido los tres. No sabía leer, pero se intuía que iba a tardar poco, porque las ganas eran muchas. Me pasaba el día preguntando «¿ahí qué pone?» cuando iba por la calle y memorizaba las respuestas. Así, cuando volvía a pasar por un sitio, «leía» lo que ponía: «Farmacia», «Circo», «Repsol».

Aprender a leer fue como descubrir un mundo nuevo. Ya no era la que preguntaba «¿ahí qué pone?» todo el rato, sino la que iba por ahí leyendo en voz alta y contando a quien fuera conmigo lo que ponía en los sitios.

Recuerdo que, años después, ya en Primaria, las madres de los niños que había invitado a mi cumpleaños me preguntaron si había algo que me gustaría que me regalaran. A todas les decía lo mismo: «no hay que venir con regalo, pero, si quieres hacerme un regalo y no sabes qué, pues un libro». Ese cumpleaños acabé con 13 libros.

De los idiomas y el extranjero

En quinto de Primaria ya tenía dos asignaturas favoritas: Inglés (que había empezado a estudiar poco antes) y Conocimiento del Medio. Creo que fue entonces cuando comencé a entender los conceptos de «lengua» y «extranjero» y a sentir curiosidad por cómo hablaba la gente y por otros países.

Todas mis vacaciones en familia hasta los doce años fueron en España, pero ese verano iba a ser diferente. Las opciones que proponía mi madre no me sonaban demasiado divertidas y, aunque no tenía ningún lugar concreto en mente, la idea de ir a otro país me resultaba emocionante.

«¿Por qué no vamos al extranjero?».

Mi propuesta fue recibida con sorpresa. Las caras de mis padres parecían decir «¿de dónde habrá sacado esa idea esta niña?». No vengo de familia viajera (yo soy ahora la viajera de la familia), por lo que nunca se habían planteado aquello de ir al extranjero. Sin embargo, al poco rato mi madre dijo «supongo que podemos mirar Portugal». Para un extremeño ir a Portugal es como salir a dar una vuelta. Está ahí al lado, pero para mí aquello era algo increíble.

Sabía solo dos palabras en portugués: «morango» («fresa») y «pêssego» («melocotón»), gracias a los productos del Día, que venían con etiqueta bilingüe. Pedir un zumo de «pêssego» en un bar de Lisboa y que me entendieran, si bien a la tercera, fue un logro de lo más gratificante, aunque la aventura portuguesa también me dio momentos de confusión y desconcierto.

Ver una caja de higos en la puerta de una frutería y leer «figos» fue un palo. «Pero entonces… ¿Luis Figo se llama Luis “Higo”? ¡Qué fuerte!».

Una mañana fui con mi hermano a una cafetería de barrio en el pueblecito donde nos alojábamos a comprar pan. Por algún motivo pensé que soltar una frase entera en español no iba a funcionar, así que decidí ir al grano y decir solo la palabra clave.

―Pan.

―¿Tabaco?

La señora del bar me dejó muerta. ¿Cómo que tabaco? ¡Si «pan» no se parece a «tabaco»! ¿Y cómo iba a pedir tabaco con doce años?

Mi hermano, que entonces tenía ocho, se desternillaba de risa.

―Pan.

―¡Ah, pão!

―Sí, eso.

Al salir de la cafetería mi hermano y yo no parábamos de reírnos. ¿Cómo era posible que la señora hubiera entendido «tabaco», con lo parecido que sonaba pão a «pan»? Esto de los idiomas extranjeros era una cosa curiosa, oye.

De la elección de carrera e idiomas

En tercero de la ESO cambié de pueblo y en el instituto nuevo el francés era obligatorio. Yo había dado un año de francés dos cursos antes, pero lo odié, porque la profesora faltaba mucho a clase y no enseñaba nada. Lo único que aprendimos en un año fueron los números y a saludar, así que lo dejé. Ahora tocaba ponerse las pilas, porque los demás me llevaban dos años de ventaja. Me apunté a un curso privado intensivo y ya en la primera evaluación vi resultados muy positivos. No solo eso; volví a cogerle el gusto al idioma y me di cuenta de lo mucho que influye un profesor en que una asignatura te guste o no.

En cuarto de la ESO ya empieza la presión de «¿sabes ya qué vas a estudiar?» por parte de padres y profesores. Yo, como muchos otros compañeros, no tenía las ideas claras. Lo único que sabía es que me gustaban los idiomas y no quería ser profesora. Para entonces, dos profesoras de Lengua (de pueblos distintos) le habían comentado a mi madre en las reuniones que me veían estudiando Derecho. Aunque finalmente estudié Traducción, las mujeres no iban del todo desencaminadas, porque soy traductora jurada de inglés, me encanta la traducción jurídica y actualmente estoy estudiando Derecho Sucesorio.

Sentía que tenía que ir decidiendo ya una carrera, o al menos varias, así que en casa animaba a mi madre a nombrar todas las profesiones que se le ocurrieran para darme ideas. De todas las que fue diciendo solo una me llamó la atención, la de intérprete, así que empecé a buscar información y así fue cómo descubrí la carrera de Traducción e Interpretación. No conocía las salidas profesionales, ni la vida de autónomo, pero eso era lo que iba a estudiar.

Con Traducción e Interpretación ya en mente opté por el Bachillerato más de letras posible: el de Humanidades, así que a Inglés y Francés le añadí Latín y Griego Clásico, que me introdujeron en el fascinante y confuso mundo de las declinaciones. Por aquella época en Historia estudié la Revolución Rusa, que me llamó mucho la atención, y también cayó en mis manos La madre, de Maxim Gorki, que leí con avidez. Hasta entonces no sabía prácticamente nada de Rusia y me empezó a picar el gusanillo por aprender cosas de ese lejano y exótico país.

Lo de estudiar ruso fue una decisión que tomé poco antes de la Selectividad tras ver los idiomas disponibles en la Universidad de Granada, que era donde quería estudiar. Mis dos opciones favoritas eran árabe y ruso y, por raro que parezca, quien me ayudó a decidir no fue ningún orientador académico, sino la enciclopedia Encarta. Al buscar el nombre de un idioma podías consultar el alfabeto y una serie de palabras y frases básicas, además de oír la pronunciación. «Da», «niet», «dva», «chitiri», «zdravsbuite». Todo me sonaba extraño, pero agradable al oído y no conocía a nadie que lo hubiese estudiado. Exótico y complicado. ¡Adjudicado!

© 2010-2017 – ICR-Translations.com. Todos los derechos reservados.

¿Cuál es tu historia? Compártela en los comentarios.

Suscríbete al boletín mensual para no perderte ningún artículo en español.

IRENE CORCHADO RESMELLA es traductora y redactora de contenido y vive en Oxford. Es traductora-intérprete jurada EN<>ES especializada en traducción jurídica, turística y de marketing. Combina sus habilidades lingüísticas con conocimientos de marketing de contenidos y una mente creativa para transmitir el mensaje correcto a tus clientes.
Bloguera en Piggy Traveller y The Curiolancer.

Share This
error: © Todos los derechos reservados

SUSCRÍBETE y recibe el boletín mensual con los últimos artículos

Privacidad

¡Listo!